Un rompecabezas con piezas para montar.

¿Cómo debieron ser las últimas horas de vida de mi madre?
¿Qué hizo?. ¿Cuáles fueron sus últimos pensamientos?. ¿Sufrío?. ¿Qué sintió?, ¿Pensó en mi antes de morir?. ¿Quiso no morir en el último instante lúcido de su vida?. ¿Se fue en paz?. ¿Planeó su muerte o lo hizo de forma impulsiva?.
Son algunas de las preguntas que forman el puzzle desparramado que ocupa mis pensamientos, embota mi mente, agita mis emociones y debilita mi cuerpo.
Son preguntas con vida y autonomía, dinámicas que aparecen en mi mente como los cumulonimbus que ocupan el horizonte y que acaban tiñendo de gris tormenta la totalidad del cielo.
Son preguntas del examen más importante de mi vida para las que no tengo respuestas. Tu te fuiste tomando la barca de Caronte, llevándote en la urna la capacidad de ser respondidas.
Estas piezas del rompecabezas no pueden unirse, parece como si estuviera diseñado para su imposible ensamblaje y es que Mama, contigo también murieron los cómo, los qué y los por qué, y en las cenizas en que se ha convertido tu cuerpo anidan las palabras que necesito oír.
Sabes mama, trato de encontrar respuestas. Sabes Mama, trato de encontrar explicaciones coherentes a este sin sentido. Sabes Mama, Anhelo saber, deseo saber, necesito entender y comprender, aunque soy consciente que la herida que atraviesa mi pecho va a cerrarse con el hilo de aquello que jamás podé saber.
Sabes Mama que una amiga mía te vio por la calle el mismo día en que te suicidaste. Me explico que se paró a saludarte y que te estabas comiendo un cornete de nata. Le explicaste que acababas de salir de la peluquería y que ibas a casa. A partir de aquí, una forma le puedo dar al puzzle, solo una, y con ello construir una historia y cubrir mi necesidad de saber como fueron las últimas horas de tu vida. Quiero creer que te pusiste guapa para ir a buscar a la muerte, mirarla a los ojos y entregarte a ella con dignidad, acabando con el terrible sufrimiento humano que durante mas de veinte años padeciste.
Sabes Mama, quiero pensar que tu suicidio fue un acto de valentía, dejando de aferrarte a la vida, una vida llena de dolor, de malestar, de sufrimiento y de incapacidad, pero esto es solo mi construcción de una historia, la cual solo tu puedes narrar.
Sabes Mama, quiero pensar y siento que se te acabó la fuerza para poder seguir viviendo y que ni tus profundo sentimientos de amor hacia mi hermana y hacia mi, tenían la suficiente tracción, con lo que acabo triunfando Thanatos.
Sabes Mama, no entiendo como en tu momento de mayor lucidez pusieras punto y final a tu vida. Con tu muerte yo también perdí la partida.
Por suerte para mi salud física y psicológica, otras preguntas, que tras tu suicidio me haría, están resueltas, liberándome con ello del gran peso de la culpa y de la absoluta oscuridad que el no saber provocan.
En este momento de mi vida, tras muchas lágrimas y llantos, te estoy enormemente agradecido. Fue como tu último gran acto de amor hacia mi, recibir tus bendiciones y tu liberación en forma de respuestas, y es haber llegado a saber, a través de tus palabras, aunque rotas y frágiles, llenas de consciencia y luz, el por qué y para qué lo hiciste, es junto con la vida que me diste uno de tus más preciados regalos.
A las preguntas, ¿Cómo lo hiciste? y ¿si moriste en paz?, hacer el reconocimiento de tu cadáver me ofreció las respuestas. Aun recuerdo las palabras del Mosso d’Escuadra (policía Catalana) antes de atravesar la puerta de la habitación en la que tu cadáver estaba; ¿Seguro que quieres hacerlo?, este será el último recuero de tu madre. La recordarás así toda la vida.
Que razón tenia el agente, no lo dudé. Quería ver con mis propios ojos su cuerpo inerte. Puedo recordar a la perfección el cadáver de mi madre reclinado en su cama, boca arriba con claros signos de ahogamiento. La piel amarillenta, los ojos cerrados, sus brazos cruzados sobre su cuerpo y su rostro sin una arruga.
Definitivamente, me dije, ha dejado de sufrir. Se me hacía extraño contemplar la cara de mi madre sin ningún surco, imaginando su muerte como el que va a dormir y se despierta en el otro mundo. Ha muerto en paz, pero por desgracia, creerlo y sentirlo así no serían remedio contra el dolor, en tal caso fueron muletas para vivirlo con dignidad.
Desgraciadamente ese día el puzzle de mi vida se rompió, tiñéndose sus piezas de gris. La existencia me puso a jugar, si o si, al juego de recomponerlo, sin saber que muchas piezas nunca encajarán, y de que hay otras que necesitarán unirse sin necesidad de su comprensión.

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