Crónicas de un suicidio anunciado.

 En la distancia que existe entre la ideación suicida y su consumación existe una amplia gama de grises, tantos como las tonalidades de las nubes que se forman en el cielo.
Es lógico pensar que existe un orden en el camino de la vida hasta el suicidio, por lo que puestos a hacer supuestos, aparecerán primero los pensamientos de quitarse la vida, y por último el impulso que se hace acción, y se consuma en la acción de quitarse la vida. Que fácil sería entonces aplicar medidas de prevención, y aunque es constatable que los planes de prevención del suicidio obtienen resultados positivos, vamos que menos personas se quitan la vida, el fenómeno de atentar contra la propia vida pone en jaque muchos valores humanos y abre grandes interrogantes, tales cómo ¿hasta que punto vivir?, ¿En qué condiciones? y abre el gran debate de la Eutanasia.
De lo que quiero “hablar” es de mi vida y como he vivido muchos años con el temor de que uno de los seres que más quiero se suicidara. Su final no es un misterio develado sinó el final del un camino.
Desde edad temprana viví con el riesgo de un suicidio en el seno de mi familia. Recuerdo la primera tentativa muy vívida. Contaba con apenas 8 años, llegaba del colegio aproximadamente a las 12 del medio día y mi madre estaba allí, tumbada en la cama. Su dormitorio estaba oscuro. No recuerdo la época del año pero estaba tapada con ropa de invierno. A su alrededor cajas de pastillas, ansiolíticos y antidepresivos. Los blíster vacíos se unían a una botella de alcohol desprecintada y un vaso de agua medio vacío.
Era la primera vez que me enfrentaba a esa realidad. Recuerdo que con frialdad cogí el teléfono y llamé a una prima mucho mayor que yo, que se personó en nuestra casa en apenas 10 minutos, la cual llamó, citándose en nuestro hogar la ambulancia y el doctor. El resultado de todo la vida, y unos cuantos meses ingresada en un hospital psiquiátrico.
No me recuerdo contento por la vida de mi madre, la cual reaccionaba como sonámbula a las actuaciones del equipo médico, mas bien herido, distante y con un gran sentimiento de vergüenza. Todo el barrio asistió al espectáculo. Los vecinos tras las puertas, las señoras, mujeres, hombre y niños asomados en las ventanas llamados por el estrepitoso e inconfundible sonido de la ambulancia. Recuerdo bien aquella primera vez, ya lo creo. Recuerdo sentirme extraño, en un mundo intermedio entre el de los niños, al que pertenecía, y el de los mayores.Quizás en ese momento me hice responsable de golpe.
Tras el primer intento de suicidio de mi madre, el cual a día de hoy, no me atrevo a categorizar si fue un intento decidido o más bien una acción con no se qué propósito, vinieron muchos día de ausencia. Su ingreso en un frenopático hizo que familiares se ocuparan de nosotros mientras mi padre estaba trabajando. Recuerdo jugar con mis primos, distraerme y sentirme de mal, así como en un mundo desconocido, extraño y desagradable. Hoy puedo ponerle palabras a esas desagradables sensaciones.
Este fue mi primer encuentro con una tentativa de suicidio y sus consecuencias, el primero de muchos. La mayoría de los que posteriormente vinieron resultaron puras llamadas de socorro, ensayos desesperados para recibir cuidado, para obtener amor, para recibir la atención. Esto es lo que puedo decir aquí y ahora.
Recuerdo otra tentativa de suicidio por parte de mi madre. Esta vez fue la casualidad la que hizo que llegara a casa antes de lo previsto. Tenía 16 años en aquel entonces, era verano de un caluroso mes de Julio. Al llegar a casa me dirigí al baño y en la bañera estaba mi madre. Como las anteriores veces, su forma de intentar quitarse la vida fue la mezcla de barbitúricos con alcohol. Estaba fría, respiraba con debilidad, llamé al servido médico de urgencias y se personaron en poco tiempo.
El cuerpo frío de mi madre describía a la perfección mi estado de ánimo. Recuerdo no asustarme, no, enfadarme, no entristecerme, sino llamar y permanecer a su lado hasta que llegaran los médicos.
Esta vez si que estuvo a punto de morir. La encontraron en parada cardio-respiratoria, vi como la reanimaron.
¡Ay!, cuanto dolor siento recordando. Cada intento era una herida en mi alma que podía soportar insensibilizándome. Cada intento agrandaba la rabia hacia mi madre y el distanciamiento emocional hacia ella. Cada tentativa perforaba mi corazón.
Por paradójico que resulte, la percepción de riesgo de que mi madre se suicidara fue apagándose. Lo había vivido tantas veces que, hasta incluso en ocasiones resultaba anecdótico. Había tapado todo el dolor y sufrimiento con mucha rabia y enfado. Esto no era inocuo, pagaba un enorme coste, había perdido la capacidad de sentir el amor, de estar alegre y sentir felicidad. Vivía sin sentido, sin arraigo, sin foco, anestesiado. Si este fue el precio de aprender a vivir con la amenaza de un suicidio. hoy se que lo hice como pude.
Hasta la muerte de mi madre por suicidio, contamos 10 tentativas previas, la gran mayoría expresiones de su angustiosa vida. Con estas palabras no la juzgo ni la glorifico, la entiendo profundamente. Sentir el dolor de su muerte me ha acercado a su padecer.
Plasmar este relato de mi vida me desgarra de nuevo. Resulta muy duro reconocer y aceptar mi fracaso como hijo, resulta muy crudo aceptar que todo lo que hice fue pura supervivencia emocional, resulta muy duro, doloroso y costoso y no conozco otra forma de sanarme que abrirme a sentir y aceptar, con la condición incluyente del amor, todos y cada unos de mis sentimiento y pensamientos.
Para finalizar este escrito quiero hacer referencia al Dr. Sergio A. Pérez Barrero Presidente de la Sección de Suicidiología de la Sociedad Cubana de Psiquiatría, y fundador de la Sección de Suicidiología de la Asociación Mundial de Psiquiatría.
Éste ha elaborado un decálogo de falsos mitos sobre el suicidio. Uno de ellos es “Todo el que intenta el suicidio estará en ese peligro toda la vida.
Lo justifica argumentando criterios científicos. Entre el 1% y el 2% de los que intentan el suicidio lo logra durante el primer año después del intento y entre el 10% al 20% lo consumará en el resto de sus vidas. Una crisis suicida dura horas, días, raramente semanas, por lo que es importante reconocerla para su prevención.
También explica que este falso mito sobre el suicidio intenta justificar la sobreprotección hacia el individuo en algunos casos y el estigma o rechazo por temor a que se repita.
Parece que mi experiencia vital no encaja con los datos que argumenta el Dr. Sergio A. Pérez Barreto, y mi madre no estaría dentro de tales porcentajes. No, no estoy hablando del suicidio de forma estricta y literal, presentado con datos estadísticos, el cual es necesario observar con distancia para no ser abducido. Estoy hablando del drama humano. Hablo de la vida de mi madre, de la mía, de la de mi familia y de nuestras vivencias, como drama particular. Considero que esto es lo que hay que abordar, el drama humano y las circunstancias particulares y ambientales en las que se germina el acto de quitare la vida, tratándolo con un profundo amor y compasión.
Dicen que cada regla cuenta con una excepción que la confirma. Otra vez la dialéctica que reduce la existencia humana únicamente a uno de los dos mundos, el de la regla y el de la excepción. ida humana es terriblemente compleja como para poder reducirla a tan mínima expresión, hablemos de personas, por favor hablemos de todas y cada una de las excepciones y de todos y cada de los casos que confirman los datos que nos presenta el Dr. Sergio A. Pérez Barreto, por favor hablemos con amor y compasión.

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