El funeral.

Mi recuerdo del funeral se asemeja a un día soleado lleno de nubes en movimiento. A momentos el día soleado facilita ver con claridad todos los colores y sus matices. En otros momentos, las nubes encapotando el cielo tiñen uniformemente las formas de color gris. El Sol de la consciencia me permitió ver con claridad muchos sucesos que acontecieron, mientras que los oscuros nubarrones nublaron muchas de mis futuras esperanzas.
Este momento concreto de mi vida el cual ocupó apenas 4 horas, ha dejado una imprenta profunda en mi existencia, resultando ser el inicio del descenso al infierno del sufrimiento y el dolor. Tras la ceremonia, las vidas de muchas de las personas que me acompañaron en la misa, tanto familiares como amigos, volvieron a la normalidad, por lo menos eso es lo que yo creo. Asistieron, me apoyaron, cumplieron con su obligación moral y nunca más las vi acercarse a mi, ni las escuché preguntarme ni interesarse por mi. Como bien me advirtió mi gran amigo Leo; “tras la ceremonia estarás solo”. Pocas personas estuvieron y están presentes, sin la necesidad de que yo tuviera que dar el primer paso para obtener su apoyo y cuidado tan necesario para mi. A ellas les estoy enormemente agradecido.
Entre los momentos nítidos alumbrados por los rayos de Sol de aquella mañana del lunes 11 de diciembre del 2010, vi por última vez el cuerpo de mi madre. Estaba dentro del féretro de madera de pino. La recuerdo guapa y relajada. Sentía que la muerte le sentaba bien, que irónico. Su rostro no presentaba ninguna de sus características arrugas de expresión. Me generaba sorpresa y alivio no contemplar los dos profundos y marcados surcos entre sus cejas, los cuales reflejaban su doliente expresión, -ha dejado de sufrir- me dije, soltando una larga y sostenida bocanada de aire por la boca.
Justo antes de la hora de inicio de la ceremonia, solamente mi hermana y yo aguardábamos en la salita del tanatorio el momento en que los operarios de la instalación retiraran su cuerpo y lo llevaran a la planta superior para oficiar la ceremonia. Recuerdo que uno de los operarios que entró al espacio a indicaros que se iniciaba la despedida, nos ofreció abrir el escaparate de cristal que contenía el féretro de mi Madre. Tras aceptar, primero mi hermana y después yo tocamos su cadáver. Que impresión tan extraña y claramente presente, su cuerpo estaba frío, muy frío y su piel se conservaba fina. La vida humana es cálida y al irse aquello que diferencia lo animado de lo inerte, se acababa la calidez. Me resulta muy difícil poderlo describir con palabras. De este momento son las últimas imágenes que guardo en mi memoria de mi madre, después sus cenizas resultaron ser lo más cerca que podía estar de su cuerpo.
Antes del inicio de la ceremonia en el tanatorio de Vilanova del Camí, para mi sorpresa, no espera que hubieran tantas personas, de hecho no esperaba nada ya que mi estado me impedía tener esperanzas, y es que practicamente todo el tanatorio estaba lleno entre familiares, amigos y vecinos. Muchos de mis familiares, para empezar, toda la familia por parte de mi padre estaba presente aunque entre mi madre y la rama Nogués no hubiera ningún trato. Respecto a mi familia por parte de madre mis tíos y primos cercanos, junto aquellos que quedan lejanos en trato y no en sangre.
Todos mis amigos estaban presentes, los de antes, los de aquel momento y algunas personas con las que posteriormente fraguaríamos una buena amistad. Hasta puedo recordar claramente donde estaban situados algunos y la explosión de amor que sentí en mi pecho al verlos, un amor extraño y teñido por el dolor de mi pérdida. Parece extraño pero me sentía muy sereno y fuerte, atento a las miradas de los asistentes, atento y agradecido a las muestras de apoyo y afecto que cada una de las personas presentes me ofrecía, unas con tiernos y esperanzadores abrazos y otras con su valiosa presencia. Aunque me sentía brutalmente roto, también me sentía sereno. Aunque el dolor me sobrepasaba, también era consciente de mi papel en la ceremonia, el de anfitrión. Todas y cada una de las personas que asistieron fueron imprescindibles y me ayudaron a poder despedirme con serenidad y dignidad.
También hubieron ausencias significativas para mi, sobre todo la de una antigua expareja. Esperaba verla, necesitaba que estuviera entre familiares y amigos, y no fue así.
Recuerdo incluso algún momento cómico, como la llegada de mis amigos Leo y Javier, dos hombres grandes y fuertes, en un pequeño coche de dos plazas. Tras aparcar enfrente del Tanatorio, a la vista de todos, bajaron del pequeño vehículo vestidos con ropa de gala. Realmente fue muy gracioso y llamativa la escena, me hicieron sonreír.
Posteriormente se inició una desafortunada ceremonia cristiana hiriendo mi sensibilidad. Mi hermana y yo no escogimos. Sinceramente no recuerdo si desde la empresa funeraria nos ofrecieron la oportunidad de escoger bajo que marco religioso se oficiaba el rito de paso, pero no me suena en absoluto haber tenido la oportunidad de hacerlo. En todo caso, el infortunio tiñó las palabras del sacerdote. A día de hoy puedo entender que éste desarrollaba a la perfección su papel, su rol de capellán cristiano. Junto con las frases típicas que pueden escucharse en cualquier entierro, este señor añadía frases de su propia cosecha con cierto tono jocoso, lo cual, a momentos me parecía un desagradable sueño. Muchas de las palabras que formuló se convirtieron en puñales que atravesaron mi ya destrozado corazón. La elevada aflicción a causa de la muerte de mi madre por suicidio no me permitía poder recordar los momento felices vividos con ella. La vida que nos había dado y su trágico final dejaban un campo desolado e inerte, en el que no cabía el mensaje cristiano esperanzador. El hijo de Jesús no me acompañaba, Dios no estaba a mi lado. Si esa era la voluntad de Dios me había jodido la vida. No podía sentir el amor redentor, estaba destrozado por el dolor, todo a mi alrededor parecía un bosque en llamas, ausente de vida, cuyo humo negro tapaba por completo la belleza del cielo azul y la luz del sol.
Las palabras del cura no presentaban la delicadeza que necesitaba oir. Había un abismo chistoso entre su oficio cristiano, recibido y dado por la gracia de Dios, y mi cruda realidad mundana. Estoy seguro de que ni sabía que mi madre se había quitado la vida por lo que le resultaba imposible empatizar con nuestro sufrimiento. Su posición en o alto de las escaleras indicaba con claridad una gran brecha, y es que si mi madre murió de la forma en que lo hizo y esa fue la voluntad de Dios, como bien dice la Iglesia cuando alguien muere, sea de la forma que sea, suicidarse no va en contra de lo que dice la Biblia ni de los dictamines cristianos. Quizás, entonces quizás y desde esta premisa que acabo de formular, comprender y abordar que hayan personas a las que la vida se les hace muy difícil o imposible de vivir no sería un tabú ni un hecho ilegítimo, pero este es un tema que quiero tratar en otra entrada y relacionarlo con la eutanasia, así como el derecho a una vida digna.
Tras la ceremonia no hubo entierro, fue la voluntad de mi madre que la incinerásemos y tirásemos sus cenizas al mar. La Dispersión de los espectadores de unos de momentos mas duros de mi vida debió de ser tan apresurada que a penas me di cuenta ni recuerdo sus despedidas. Como la arena que se precipita de un bulbo a otro en un reloj de arena, las personas que estaban ya no estaban. De las más de 100 personas presentes en la ceremonia pocas quedaron. Certeramente entonces empezó mi deambular por la noche oscura del Alma. Agradecerle especialmente a mi hermano de vida Moi, el cual estuvo hasta el final, y tras este, me acompañó andando hasta mi casa.
P.D. Te agradezco de todo corazón el haber venido a la ceremonia de despedida, contigo fue más fácil poder llevar tal duro momento. Te agradezco que hayas estado presente en mi vida después de la misma, sin tener que ser yo el que hiciera por ello, la verdad es que no podía. Te agradezco que tras la ceremonia no me hayas preguntado jamás cómo estaba, puedo entender tus dificultades para ello e irremediablemente ha significado una ruptura, hasta día de hoy, de nuestra relación. Me has ayudado a saber que tipo de relaciones necesito en mi vida. Ahora me siento en paz con lo que fue y con lo que es.

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