El día de la noticia

11 de diciembre del 2010; 11 horas de la mañana. Barcelona.
En el intervalo que transcurrió desde la primera conversación con mi hermana hasta la hora en la que recibí su llamada, recuerdo no poder parar de mirar el teléfono móvil. Es como si tuviera que comunicarme algo por si mismo, como si de este dependiera mi vida y mi futuro, y es que representaba la única vía de conexión con mi mundo, un lugar irremediablemente destrozado. Esperar la llamada de mi hermana lo ocupaba todo. Su llamada se convertiría en un mensaje salvador o condenatorio.
A las 11 y pocos minutos recibí su llamada, se había demorado un poco producto de su insistencia en las llamadas al timbre de la puerta de casa mi madre, único obstáculo que impedía que mi hermana pudiera comprobar sus estado. Al móvil no respondía no, sin batería estaba, y a su casa no se podía entrar aun guardando una copia de llaves ya que estaba trabada por dentro. Pensándolo hoy en día, casi mejor que hubieran tantas dificultades para acceder a mi madre y necesitáramos de la ayuda de los bomberos y de Mossos de Escuadra para entrar en a su vivienda, mi hermana se ahorro la imagen de ver a mi madre muerta, la cual la tengo gravada en mi memoria como su la hubiera visto ayer mismo.
Recuerdo perfectamente donde estaba sentado, manteniendo el teléfono móvil debajo de un cojín, escondido a la vista de los alumnos y presente para la mía. Recuerdo el tono serio y solemne en la voz de mi hermana y sus palabras;“Darío ven pronto”. Recuerdo que mi voz rota ocupó el silencio del pasillo en el que recibí la llamada. Recuerdo entrar en la sala de formación, avisar a los profesores, a mi compañera y al grupo, expresando claramente que mi madre se había quitado la vida. Conservo los recuerdos de este momento de mi vida muy vivos en mi memoria, contrastado con la ausencia total de consciencia sobre mis emociones. Dejé de ser consciente de mi mundo interno para serlo, en mayor medida del mundo externo. Recuerdo que mi compañera de grupo se ofreció y me llevó hasta Igualada. En el camino eterno desde Barcelona a Igualada, las montañas de Montserrat presentaban un brillo especial. El día era soleado y la montaña brillaba con especial esplendor, quizás atestiguando, quizás amparándome con su presencia, quizás fueron las lágrimas de mis ojos que atravesadas por los rayos del sol configuraron tan especial imagen. Quién sabe Dios mio.
Al llegar al lugar en el que mi madre vivía, mi padre y mi hermana se encontraban en la puerta de acceso a la finca justo a pié de calle. Los acompañaba un Mosso de Escuadra, a la vez que arriba, en el piso, el médico forense y una patrulla de Mossos daban parte de lo sucedido. Estos requerían de uno de nosotros para hacer el reconocimiento del cadáver de mi madre. Me ofrecí, quería ver a mi madre por última vez, quería saber por mi mismo cómo se había quitado la vida, quería saber dónde había muerto y que signos tenía, quería reconocer lo acontecido, quería sumergirme en la cruda realidad y quería llenar los huecos de un puzzle en cual sabía,a priori, contaría con muchas piezas oscura y otras tantas perdidas.
Tras subir las escaleras de la finca, justo en la puerta un agente, dirigiéndose a mi me pregunto; “¿Seguro que quieres hacerlo, la imagen de tu madre la conservarás el resto de tu vida”.!Pero que razón tenia el agente!.
Antes de cruzar la puerta ya pude ver su silueta tumbada en la cama que hacia de sofá en el comedor de su casa. Ligeramente inclinada con la cabeza alzada sobre cojines. De mi interior emergió un grito como la explosión virulenta de un volcán, pero no brotaba lava no, sino lágrimas teñidas de incredulidad, sorpresa, estupor y tristeza. En este momento en el que estoy escribiendo puedo sentir lo mismo con menos intensidad, a la vez que con el ojo de mi mente recuerdo a la perfección y en detalle la escena.
Mi madre iba vestida con un jersey a rayas que usaba con frecuencia. En la boca y por sus mejillas presentaba los restos de una sustancia verdosa, que debió de ser líquida y que quedaba reseca. “Ha muerto de parada cardio-respiratoria” pensé, efecto del cóctel mortal. Sus ojos estaban cerrados, su rostro sereno. “Habrá muerto adormecida o totalmente dormida”, pensé.
Será que el enemigo que nos aguarda desde el nacimiento y que se nos presenta en nuestra muerte se la llevo con suavidad, su golpe debió de ser dulcemente certero. Estoy seguro de que mi madre murió en las antípodas de lo que había sido la mayor parte de su vida, una vida llena de sufrimiento, incomprensión e impotencia. Como prácticamente 4000 personas al año en España (Según el INE) y más de 800.000 en todo el mundo (Según la OMS), mi madre llamo a la muerte y Ésta le respondió.

Mi más profundo apoyo a las personas que quedamos. Reconocer lo que sucedió es un camino. No el único ni seguramente el mejor. Mis certezas absolutas se las ha llevado la muerte, hoy solo me queda VIVIR.

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