Superviviente al suicidio

Se llama superviviente al suicidio a todas aquellas personas vinculadas afectivamente a una persona que muere por suicidio. Así mismo, también hace referencia a las personas, que tras intentar acabar con su propia vida, no han visto consumado su acto.

Según esta definición, yo pertenezco a la primera categoría de supervivientes. Mi madre murió por suicidio después de más de 10 tentativas previas, a lo largo de 25 años. Conozco lo que es ser un superviviente y las consecuencias devastadoras que deja a su alrededor, tanto tras el intento fallido como por el hecho consumado.
Desgraciadamente no soy el único ni el más especial de los supervivientes, solo uno más. Si así fuera no tendrían sentido asociaciones, grupos de soporte, publicaciones en medios, reportajes televisivos, documentales y estas lineas que escribo, en las que trato de transmitir mi experiencia como superviviente al suicidio de mi madre, y el cambio radical que ha supuesto esto en mi persona.
Se estima que cada suicidio afecta directamente a 6 personas, resultando 6 supervivientes. Si Tomamos como base los datos estadísticos que indican el número de suicidio en el conjunto del estado Español, y la multiplicamos por el número de supervivientes, veremos que, la primera categoría de superviviente al suicidio se engrosa al cabo del año en aproximadamente unas 23.000.
Si hacemos la misma operación, tomando como base los aproximadamente 800.000 suicidio registrados al año en el mundo, comprobaremos que la cifra es ingente, resultando que cada año, se añaden unos 5 millones de supervivientes, cifra cercana a países como Noruega o Irlanda.
Ahora bien, es conocido por mis allegados y familiares, expresándome en ocasiones con cierta vehemencia, mi dificultad a identificarme como superviviente. Se que en el fondo es solo un nombre, el cual ayuda a poder tomar consciencia del impacto que tiene un suicidio para las personas afectivamente más vinculadas, aun y así me cuesta reconocerme como tal.
No está en mi deseo querer de convencer a nadie, solo deseo poder iniciar un debate sobre las implicaciones que tiene el término a través del cual nos identificamos, y si es correcto su uso.
Para ello, lo primero que voy a hacer es tratar de comprender su significado, para después poder construir mi argumentación, y quién sabe si descubrir el por qué me cuesta identificarme con el mismo.
Según la RAE (Real Academia Española), la palabra superviviente se define como un adjetivo que hace referencia al que conserva la vida después de un suceso en el que otros la han perdido.
Tras la acotación, reflexiono sobre las palabras que componen la definición, a la vez que permito que la capa más exterior de mi consciencia lleguen situaciones en las que resulten personas supervivientes. Los resultado hacen que me aleje de considerarme un superviviente. Imagino que dos o varias personas. Se encentan juntas, viviendo a la vez una misma experiencia, comparten el lugar y la misma acción principal. Me imagino a una pareja viajando en coche, cuando de repente sufren un accidente y una de ellas muere en el accidente mientras que la otra sobrevive al accidente.

Prácticamente todas las personas supervivientes al suicidio no han estado en lugar en el que la difunta atentó contra su propia vida, ni se han visto damnificadas por un acontecimiento más o menos inesperado, lo que provocó la muerte de una y la supervivencia de otra. La realidad sobre mi propia experiencia es que mi madre murió sola en la sala de estar de su casa. Dice al autopsia que entre las 21-24 de la noche, hora en la que yo dormía plácidamente, sin sospechar la tragedia que estaba ocurriendo. Para mi la palabra superviviente implica que tanto la persona fallecida como la sobreviviente, en el momento preciso en que se detona el infortunio, compartían un lugar en el que el mismo suceso afecta a los dos, no necesariamente con las mismas consecuencias para ambos pero que entraña enormes consecuencias para ambos. Una con la pérdida de la vida, la otra, cómo mínimo la perdida del ser humano que tenía más cerca, independientemente del lazo afectivo que las uniera.

Según la interpretación que acabo de realizar, mas bien no me considero un superviviente, sino una persona gravemente perjudicada por la última acción en vida por parte de mi madre, cuyas consecuencias van mucho más allá del dolor de la propia pérdida, el cual es abrumador , poniéndose de manifiesto el tratamiento sociocultural que se hace de la muerte por suicidio.
¿Entonces si no me identifico como superviviente, qué palabras puedo utilizar para comprender y que comprendan la desolación que estoy viviendo?

La verdad, no lo se. Puedo definirme como una persona que ha vivido la peor de las experiencias que jamás creía que podría llegar a vivir, la muerte de mi madre por suicidio. De forma súbita, una de las personas que más quería en este mundo dejó de estar a mi lado. No lo hizo por causa de muerte natural, sinó que alzó las manos contra si misma hasta perecer. Es como si el daño que se infligió mi madre a si misma, me lo hubiera hecho a mi también, y esto entristece, enfada, causa mucho dolor y provoca un estupor que hace que se viva un sinsentido. Es desgarrador aceptar que quizás la persona que más querida en ente mundo no pudiera seguir viviendo. Reconocer que su vida estaba llena de sufrimiento y de desesperanza, y que su día día se asemejase a transitar sin rumbo por un árido desierto, sin estímulos que alimentasen su deseo por vivir. Realmente es como si verdaderamente hubiera vivido un cataclismo, consecuencia del cual fue el fin de una larga etapa de mi vida. Con certeza mi mundo se desmoronó. Junto con la muerte de mi madre y su consecuente dolor, se esfumó de un plumazo mi visión un tanto naif de la vida.
Las consecuencias del suicidio de mi madre en mi representaron un fin radical, el cual no pude preveer con certeza, y en el que solo he podido adaptarme como buenamente puedo a un mundo sin uno de los pilares más importantes para mi vida. De forma simbólica sobreviví y sobrevivo en un mundo sin ella, un mundo en el que me siento huérfano y lleno de heridas psicológicas que dificultan y condicionan mi día a día. Un mundo sin calor que pueda arropar mi soledad y mi fragilidad y que pueda curar mis heridas. Verdaderamente estas son las consecuencias del cataclismo elaborado por mi madre. En este sentido si que me considero un superviviente, entendido en forma simbólica.

A la vez que escribo esta palabras puedo detectar un cierto grado de resistencia a identificarme como superviviente, y es que supone asumir el impacto en mi vida de la muerte de mi madre por suicidio. Como bien he comentado en lineas anteriores, esto hace que sienta una profunda ira y mucho dolor. Supongo que aquí radica una de las funciones de la nominación que es la distinción del resto, por lo que, llegados a este punto, me pregunto que implicaciones tiene ser un superviviente al suicidio;

Haber experimentado una experiencia que sobrepasa los límites soportables del dolor psicológico.
Verse con la imposibilidad de encontrar respuestas a muchas de las preguntas que quedan sin resolver, lo cual genera un vacío que dificulta la atribución de significado a lo vivido
La identidad del superviviente se ve afectada. Es como si la personalidad del superviviente se resquebrajara o hasta se rompiera como consecuencia de la elevada aflicción.
Vivir en una montaña rusa emocional. Necesidad de gestionar súbitos cambios en el estado de ánimo, así como la necesidad de atender emociones diversas.
Experimentar sentimientos de culpa y vergüenza.
Gran impacto en la dinámicas familiares y sociales.
No obtener el apoyo social y la comprensión que se necesitan, al ser el duelo por suicidio un tipo de duelo no legítimo.

Personalmente y primero de todo, ser un superviviente al suicidio es un estado temporal, que corresponde a un tiempo limitado dentro de la totalidad de la vida de la persona. Según mi forma de entenderlo, se inicia, con total seguridad, en el momento justo en que se conoce la noticia de la muerte por suicidio de la persona, y finaliza cuando la persona superviviente ha naturalizado e incluido el suceso, con todas sus implicaciones correspondiente, dentro de su biografía.
Para mi, ser un superviviente al suicidio no es categoría a conservar durante toda la vida, sino un periodo, en el que es necesario reconocerse como superviviente… para tomar consciencia de que se vive instado en una noria, de que hay mucho dolor por digerir, de que se está herido y es necesario abandonarse a la tristeza y al dolor para poder curarse, de que se pudo hacer más o quizás todo lo que se hizo no bastó, en el fondo somos víctimas y hasta cierto punto responsables del abrumador sufrimiento que llevó a la persona que se suicidio a desistir de la vida, de que van a cambiar los valores en los que se sustentan las dinámicas familiares y las relaciones interpersonales, de que hay pocas personas dispuestas a acompañarte en tu dolor, de que apenas hay lugares donde poder expresarse con profundidad y ser respetado sin ser juzgado….
Verdaderamente haber vivido la muerte por suicidio es como haber recibido una estocada mortal. Con el tiempo se cura la herida, aunque la marca quedará para siempre. El dolor atentará contra la estructura psicológica de cada uno. En el camino de la recuperación, se perderán amistades, aficiones, costumbres, creencias, valores, y naturalmente la terrible aflicción, así como sentimientos de rabia, culpa y vergüenza. En el proceso de la integración de la experiencia vivida nacerán nuevas amistades y se culminará el crecimiento postraumático. Tras un suicidio nunca se volverá a ser el mismo de antes, y es que como la mariposa en su dulce volar, no recuerda que un gusano fue, sino vive en el mundo alejada de la tierra por la que antaño reptaba.

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