Superviviente al suicidio

Se llama superviviente al suicidio a todas aquellas personas vinculadas afectivamente a una persona que muere por suicidio. Así mismo, también hace referencia a las personas, que tras intentar acabar con su propia vida, no han visto consumado su acto.

Según esta definición, yo pertenezco a la primera categoría de supervivientes. Mi madre murió por suicidio después de más de 10 tentativas previas, a lo largo de 25 años. Conozco lo que es ser un superviviente y las consecuencias devastadoras que deja a su alrededor, tanto tras el intento fallido como por el hecho consumado.
Desgraciadamente no soy el único ni el más especial de los supervivientes, solo uno más. Si así fuera no tendrían sentido asociaciones, grupos de soporte, publicaciones en medios, reportajes televisivos, documentales y estas lineas que escribo, en las que trato de transmitir mi experiencia como superviviente al suicidio de mi madre, y el cambio radical que ha supuesto esto en mi persona.
Se estima que cada suicidio afecta directamente a 6 personas, resultando 6 supervivientes. Si Tomamos como base los datos estadísticos que indican el número de suicidio en el conjunto del estado Español, y la multiplicamos por el número de supervivientes, veremos que, la primera categoría de superviviente al suicidio se engrosa al cabo del año en aproximadamente unas 23.000.
Si hacemos la misma operación, tomando como base los aproximadamente 800.000 suicidio registrados al año en el mundo, comprobaremos que la cifra es ingente, resultando que cada año, se añaden unos 5 millones de supervivientes, cifra cercana a países como Noruega o Irlanda.
Ahora bien, es conocido por mis allegados y familiares, expresándome en ocasiones con cierta vehemencia, mi dificultad a identificarme como superviviente. Se que en el fondo es solo un nombre, el cual ayuda a poder tomar consciencia del impacto que tiene un suicidio para las personas afectivamente más vinculadas, aun y así me cuesta reconocerme como tal.
No está en mi deseo querer de convencer a nadie, solo deseo poder iniciar un debate sobre las implicaciones que tiene el término a través del cual nos identificamos, y si es correcto su uso.
Para ello, lo primero que voy a hacer es tratar de comprender su significado, para después poder construir mi argumentación, y quién sabe si descubrir el por qué me cuesta identificarme con el mismo.
Según la RAE (Real Academia Española), la palabra superviviente se define como un adjetivo que hace referencia al que conserva la vida después de un suceso en el que otros la han perdido.
Tras la acotación, reflexiono sobre las palabras que componen la definición, a la vez que permito que la capa más exterior de mi consciencia lleguen situaciones en las que resulten personas supervivientes. Los resultado hacen que me aleje de considerarme un superviviente. Imagino que dos o varias personas. Se encentan juntas, viviendo a la vez una misma experiencia, comparten el lugar y la misma acción principal. Me imagino a una pareja viajando en coche, cuando de repente sufren un accidente y una de ellas muere en el accidente mientras que la otra sobrevive al accidente.

Prácticamente todas las personas supervivientes al suicidio no han estado en lugar en el que la difunta atentó contra su propia vida, ni se han visto damnificadas por un acontecimiento más o menos inesperado, lo que provocó la muerte de una y la supervivencia de otra. La realidad sobre mi propia experiencia es que mi madre murió sola en la sala de estar de su casa. Dice al autopsia que entre las 21-24 de la noche, hora en la que yo dormía plácidamente, sin sospechar la tragedia que estaba ocurriendo. Para mi la palabra superviviente implica que tanto la persona fallecida como la sobreviviente, en el momento preciso en que se detona el infortunio, compartían un lugar en el que el mismo suceso afecta a los dos, no necesariamente con las mismas consecuencias para ambos pero que entraña enormes consecuencias para ambos. Una con la pérdida de la vida, la otra, cómo mínimo la perdida del ser humano que tenía más cerca, independientemente del lazo afectivo que las uniera.

Según la interpretación que acabo de realizar, mas bien no me considero un superviviente, sino una persona gravemente perjudicada por la última acción en vida por parte de mi madre, cuyas consecuencias van mucho más allá del dolor de la propia pérdida, el cual es abrumador , poniéndose de manifiesto el tratamiento sociocultural que se hace de la muerte por suicidio.
¿Entonces si no me identifico como superviviente, qué palabras puedo utilizar para comprender y que comprendan la desolación que estoy viviendo?

La verdad, no lo se. Puedo definirme como una persona que ha vivido la peor de las experiencias que jamás creía que podría llegar a vivir, la muerte de mi madre por suicidio. De forma súbita, una de las personas que más quería en este mundo dejó de estar a mi lado. No lo hizo por causa de muerte natural, sinó que alzó las manos contra si misma hasta perecer. Es como si el daño que se infligió mi madre a si misma, me lo hubiera hecho a mi también, y esto entristece, enfada, causa mucho dolor y provoca un estupor que hace que se viva un sinsentido. Es desgarrador aceptar que quizás la persona que más querida en ente mundo no pudiera seguir viviendo. Reconocer que su vida estaba llena de sufrimiento y de desesperanza, y que su día día se asemejase a transitar sin rumbo por un árido desierto, sin estímulos que alimentasen su deseo por vivir. Realmente es como si verdaderamente hubiera vivido un cataclismo, consecuencia del cual fue el fin de una larga etapa de mi vida. Con certeza mi mundo se desmoronó. Junto con la muerte de mi madre y su consecuente dolor, se esfumó de un plumazo mi visión un tanto naif de la vida.
Las consecuencias del suicidio de mi madre en mi representaron un fin radical, el cual no pude preveer con certeza, y en el que solo he podido adaptarme como buenamente puedo a un mundo sin uno de los pilares más importantes para mi vida. De forma simbólica sobreviví y sobrevivo en un mundo sin ella, un mundo en el que me siento huérfano y lleno de heridas psicológicas que dificultan y condicionan mi día a día. Un mundo sin calor que pueda arropar mi soledad y mi fragilidad y que pueda curar mis heridas. Verdaderamente estas son las consecuencias del cataclismo elaborado por mi madre. En este sentido si que me considero un superviviente, entendido en forma simbólica.

A la vez que escribo esta palabras puedo detectar un cierto grado de resistencia a identificarme como superviviente, y es que supone asumir el impacto en mi vida de la muerte de mi madre por suicidio. Como bien he comentado en lineas anteriores, esto hace que sienta una profunda ira y mucho dolor. Supongo que aquí radica una de las funciones de la nominación que es la distinción del resto, por lo que, llegados a este punto, me pregunto que implicaciones tiene ser un superviviente al suicidio;

Haber experimentado una experiencia que sobrepasa los límites soportables del dolor psicológico.
Verse con la imposibilidad de encontrar respuestas a muchas de las preguntas que quedan sin resolver, lo cual genera un vacío que dificulta la atribución de significado a lo vivido
La identidad del superviviente se ve afectada. Es como si la personalidad del superviviente se resquebrajara o hasta se rompiera como consecuencia de la elevada aflicción.
Vivir en una montaña rusa emocional. Necesidad de gestionar súbitos cambios en el estado de ánimo, así como la necesidad de atender emociones diversas.
Experimentar sentimientos de culpa y vergüenza.
Gran impacto en la dinámicas familiares y sociales.
No obtener el apoyo social y la comprensión que se necesitan, al ser el duelo por suicidio un tipo de duelo no legítimo.

Personalmente y primero de todo, ser un superviviente al suicidio es un estado temporal, que corresponde a un tiempo limitado dentro de la totalidad de la vida de la persona. Según mi forma de entenderlo, se inicia, con total seguridad, en el momento justo en que se conoce la noticia de la muerte por suicidio de la persona, y finaliza cuando la persona superviviente ha naturalizado e incluido el suceso, con todas sus implicaciones correspondiente, dentro de su biografía.
Para mi, ser un superviviente al suicidio no es categoría a conservar durante toda la vida, sino un periodo, en el que es necesario reconocerse como superviviente… para tomar consciencia de que se vive instado en una noria, de que hay mucho dolor por digerir, de que se está herido y es necesario abandonarse a la tristeza y al dolor para poder curarse, de que se pudo hacer más o quizás todo lo que se hizo no bastó, en el fondo somos víctimas y hasta cierto punto responsables del abrumador sufrimiento que llevó a la persona que se suicidio a desistir de la vida, de que van a cambiar los valores en los que se sustentan las dinámicas familiares y las relaciones interpersonales, de que hay pocas personas dispuestas a acompañarte en tu dolor, de que apenas hay lugares donde poder expresarse con profundidad y ser respetado sin ser juzgado….
Verdaderamente haber vivido la muerte por suicidio es como haber recibido una estocada mortal. Con el tiempo se cura la herida, aunque la marca quedará para siempre. El dolor atentará contra la estructura psicológica de cada uno. En el camino de la recuperación, se perderán amistades, aficiones, costumbres, creencias, valores, y naturalmente la terrible aflicción, así como sentimientos de rabia, culpa y vergüenza. En el proceso de la integración de la experiencia vivida nacerán nuevas amistades y se culminará el crecimiento postraumático. Tras un suicidio nunca se volverá a ser el mismo de antes, y es que como la mariposa en su dulce volar, no recuerda que un gusano fue, sino vive en el mundo alejada de la tierra por la que antaño reptaba.

Anuncios

Declaración de intenciones.

Con las siguientes lineas, anhelo abrir el baúl que contiene mi mundo interno para mostrarlo al exterior. Mediante la limitación de las palabras, al no tener otro medio para hacerlo, y con sinceridad, en muchas ocasiones me cuesta poder concretar mi complejo mundo interno en conceptos ordenados y comprensibles. En otras me topo ante mi propia incapacidad para poder poner nombre a sensaciones y estados internos, así como, en ocasiones tengo la certeza de que la palabra que pueda hacerse servir y que nos sea de ayuda, a mi, para comprender lo que me esta sucediendo, a la vez que construye el puente para nuestra relación, no existe.
Deseo expresar abiertamente, de forma desnuda y sin tapujos, las consecuencias, hacia mi persona, recibidas tras el acontecimiento más trágico vivido, hasta la fecha de hoy, el suicidio de mi madre hace más de 5 años. He necesitado todo este tiempo de camino, ha sido el tiempo que he requerido para poder iniciar este cometido. Soy consciente que sólo es una cuestión cuantitativa y completamente relativa que va relacionado con el resultado de los procesos de adaptación a un mundo que quedó destruido el día que recibí la noticia de que mi madre había atentado contra su propia vida.

Si bien es cierto que mi experiencia tiene como hecho central el suicidio, no deseo instaurare en el hecho de quitarse la propia vida, lo cual me llevaría ineludiblemente a un callejón sin salida, como considero que se encuentra la persona que lo consuma. Este acontecimiento que podemos constatar a lo largo de los siglos, y en personas de diferentes culturas, religiones, estamentos sociales y color de piel, resulta demasiado complejo de comprender, si es que es posible hacerse. Pienso que quizás sea más fácil de hacerlo, si es posible, si como sujetos individuales, y como sujeto colectivo, aceptamos la cara menos agradable de la vida, distante de la satisfacción y la felicidad, y admitimos que el mundo personal y el ajeno están llenos de sufrimiento, de dolor, de frustración y de impotencia. Que estos forman parte de la condición humana, y que gran parte de los esfuerzos realizados para construir el mundo en el que vivimos, y mantenernos en la orilla satisfactoria de la vida, tiene como objetivo, evitar la orilla desapacible, siendo la gran parte de nuestros esfuerzos inútiles, aunque lo alejarán al otro lado del río de la vida, quedando el interlocutor coartado en la televisión, la prensa, la literatura, el cine y/o cualquiera de las artes expresivas.

La intención que da forma al contenido que deseo expresar, supone cruzar el río de una orilla a la otra, para abrazar, de forma consciente, y si no es así ir haciéndolo consciente a través del transcurso del tiempo, las consecuencias derivadas del suicidio de mi madre, las cuales afectaron a mi organismo, a mi estado anímico, a mi psicología, a mis relaciones sociales, y a todas y cada una de las actividades de mi rutinaria vida. Mi falsa comodidad, allá en la otra ribera, sentado en una cómoda silla mientras contemplaba en la distancia el hastío vital de mi madre, se desmorono como un castillo de naipes. Es como si el río se desbordara incapaz de acoger tantas lágrimas en su caudal, y con ello ambas riberas se vieran azotadas por la corriente, llevándoselo todo a su paso. Así fue como su suicidio devastó mi mundo de falsas seguridades, en el que aparentemente todo estaba en orden y controlado. En su lugar me vi inmerso en el caudal de insoportable dolor, el cual parecía que iba a quedarse conmigo durante el resto de mi vida. Éste hizo que, en no pocas ocasiones vinieran a mi cabeza pensamientos suicidas, hasta incluso deseara tener un accidente de tráfico, con lo que acabar con tal sufrimiento suspendido en el tiempo.

Aunque las palabras que acabas de leer puedan resultar fatalistas, el mensaje que quiero transmitir es una llamada a la esperanza. Así como la flor de loto, que emergiendo del cieno corona su desarrollo con una bella flor, aceptar el hecho acontecido, con todas sus consecuencias, sintiendo como el dolor se citaba en mi interior, creciendo desmesuradamente para ocupar todo mi mundo interno, me han llevado a ser una persona diferente a la que era. El proceso de duelo que he vivido no se ha dirigido a recuperarme y mantener la persona que era. Mi mundo cambió irremediablemete aquel sábado 10 de diciembre del 2010. Nunca más puede volver a ser quien era hasta aquel entonces ya que una parte de mi, la que esperaba la sanación de mi madre, y junto con ello la perspectiva de un futuro familiar lleno de alegrías y abundancias, también murió junto con mi madre, disipándose las agradables fragancias que mis expectativas generaban, como el viento lo hace con el perfume.
Con el fallecimiento de mi madre por suicidio , el zumbido de la guadaña cortando los hilos se presentó abruptamente en mi vida. El golpe certezo que le asestó, me precipitó a un profundo pozo, en el que me era muy difícil relacionarme con la vida que seguía, la cual iba sumando horas al reloj del tiempo como si nada hubiera pasado. Necesité estar aislado, en una especie de hibernación, atendiendo la tristeza, la rabia, el miedo, la confusión, la culpa, y por encima de todo, un terrible dolor. En este sinsentido, embriagado de desagradables estados emocionales e invadido por caóticos pensamientos, y al igual que la flor de loto, de lo más profundo del pozo, aun conservando el mismo aspecto físico, emergí como una persona con cambios profundos en las estructuras que me forman como persona, resultando más consciente, más madura y más sabia. Es como si hubiera sido puesto por mi destino ante una prueba de iniciación. Superarla supuso estar en el mundo de otra forma. Todo cuanto viví, había llegado a mi vida para quedarse, abriendo los ojos al dolor y sufrimiento de otras personas. El suyo alimentaba el mío, y con ello el inicio de sostenidas transformaciones en mis valores vitales.

Lo que acabo de exponer supone parte del mensaje que quiero transmitir, el cual se gesta en el suicidio, y construyo de forma activa a lo largo del tiempo que ha durado mi proceso de duelo. La otra parte del mismo está compuesto por conceptos. La esperanza, el valor y la transformación son los más significativos, los cuales he ido enlazando dando lugar la bandera que ahora muestro. No quiero que pienses que el resultado es producto del azaroso destino, sino más bien de mi actitud determinada y mi acción voluntaria a la hora de mirar de frente, con la plena facultad de mis sentidos, todas y cada una de las consecuencias para mi existencia, implicadas tras el suicidio de mi madre. No como un mero espectador, que observa el trágico espectáculo que acontece sentado en la fila final de la sala dónde ser proyecta, sino como una personas activamente participativa e implicada en encontrar la materia prima para la construcción de la bandera. Me costó mucho poder recordar que los conceptos citados con anterioridad no habían resultado incinerados junto con el cadáver de mi madre, sino que pertenecían al total de la población humana. La absoluta oscuridad emergente del dolor, decorado con destellos emocionales resultantes, no me impedía ver más allá, salvo del manto negro donde el sol había sucumbido. Por paradójico que pueda parecer, fue en este lugar donde empecé a verme a mi mismo sin la obligación imperiosa de escapar, ya que allá donde fuera y estará, el dolor vivía conmigo. El dolor me rompió, y en los añicos me reconocí, al igual que la imagen cubista que ofrece un espejo resquebrajado a la persona que se mira en este. En el dolor, y mi necesidad imperiosa de aislamiento y soledad, obtuve una compresión clara de de lo que había sido la vida de mi madre, caracterizada por su sufrimiento existencial y la incomprensión de su entorno (familiares, amigos y especialistas médicos). El monstruo resultante no lo fue tal. El miedo a mi aniquilación fue desdibujándose, ganando en tolerancia hacia su existencia, que forma parte de la condición humana, y sin necesidad de evitarlo a toda costa pude empezar a gestionarlo en mi vida.

Con mis palabras no trato de sentar cátedra de cómo afrontar esas experiencias personales, las cuales conllevan implícitamente, consecuencia trascendentales para la vida de quien las vive, sino exponer cuales han sido las claves importantes, con las que he podido afrontar y superar el hecho más doloroso y transformador de mi vida, hasta el momento. Estoy completamente convencido de que tu lo harás, o lo estas haciendo de la mejor manera que te es posible. No existe una única forma de hacerlo, en todo caso indicaciones que facilitan la adaptación a los hechos. Al final, el ser humano ha colonizado todo el planeta tierra, no por ser el más fuerte, ni el más resistente, ni el más numeroso, sino por tener la capacidad de adaptarse al medio, usando las posibilidades que este mismo medio ofrecía para ello.
Si tuviera que resumir cuales han sido mis claves lo haría con dos frases;
El duelo es un proceso personal que se hace de forma activa.
El dolor, inevitable a toda perdida, supone la sanación misma al dolor. Puede parecer un monstruo, y lleva consigo la llave del perdón y del amor.

Espero y deseo que lo que acabas de leer inspire tu proceso.

 

El día de la noticia

11 de diciembre del 2010; 11 horas de la mañana. Barcelona.
En el intervalo que transcurrió desde la primera conversación con mi hermana hasta la hora en la que recibí su llamada, recuerdo no poder parar de mirar el teléfono móvil. Es como si tuviera que comunicarme algo por si mismo, como si de este dependiera mi vida y mi futuro, y es que representaba la única vía de conexión con mi mundo, un lugar irremediablemente destrozado. Esperar la llamada de mi hermana lo ocupaba todo. Su llamada se convertiría en un mensaje salvador o condenatorio.
A las 11 y pocos minutos recibí su llamada, se había demorado un poco producto de su insistencia en las llamadas al timbre de la puerta de casa mi madre, único obstáculo que impedía que mi hermana pudiera comprobar sus estado. Al móvil no respondía no, sin batería estaba, y a su casa no se podía entrar aun guardando una copia de llaves ya que estaba trabada por dentro. Pensándolo hoy en día, casi mejor que hubieran tantas dificultades para acceder a mi madre y necesitáramos de la ayuda de los bomberos y de Mossos de Escuadra para entrar en a su vivienda, mi hermana se ahorro la imagen de ver a mi madre muerta, la cual la tengo gravada en mi memoria como su la hubiera visto ayer mismo.
Recuerdo perfectamente donde estaba sentado, manteniendo el teléfono móvil debajo de un cojín, escondido a la vista de los alumnos y presente para la mía. Recuerdo el tono serio y solemne en la voz de mi hermana y sus palabras;“Darío ven pronto”. Recuerdo que mi voz rota ocupó el silencio del pasillo en el que recibí la llamada. Recuerdo entrar en la sala de formación, avisar a los profesores, a mi compañera y al grupo, expresando claramente que mi madre se había quitado la vida. Conservo los recuerdos de este momento de mi vida muy vivos en mi memoria, contrastado con la ausencia total de consciencia sobre mis emociones. Dejé de ser consciente de mi mundo interno para serlo, en mayor medida del mundo externo. Recuerdo que mi compañera de grupo se ofreció y me llevó hasta Igualada. En el camino eterno desde Barcelona a Igualada, las montañas de Montserrat presentaban un brillo especial. El día era soleado y la montaña brillaba con especial esplendor, quizás atestiguando, quizás amparándome con su presencia, quizás fueron las lágrimas de mis ojos que atravesadas por los rayos del sol configuraron tan especial imagen. Quién sabe Dios mio.
Al llegar al lugar en el que mi madre vivía, mi padre y mi hermana se encontraban en la puerta de acceso a la finca justo a pié de calle. Los acompañaba un Mosso de Escuadra, a la vez que arriba, en el piso, el médico forense y una patrulla de Mossos daban parte de lo sucedido. Estos requerían de uno de nosotros para hacer el reconocimiento del cadáver de mi madre. Me ofrecí, quería ver a mi madre por última vez, quería saber por mi mismo cómo se había quitado la vida, quería saber dónde había muerto y que signos tenía, quería reconocer lo acontecido, quería sumergirme en la cruda realidad y quería llenar los huecos de un puzzle en cual sabía,a priori, contaría con muchas piezas oscura y otras tantas perdidas.
Tras subir las escaleras de la finca, justo en la puerta un agente, dirigiéndose a mi me pregunto; “¿Seguro que quieres hacerlo, la imagen de tu madre la conservarás el resto de tu vida”.!Pero que razón tenia el agente!.
Antes de cruzar la puerta ya pude ver su silueta tumbada en la cama que hacia de sofá en el comedor de su casa. Ligeramente inclinada con la cabeza alzada sobre cojines. De mi interior emergió un grito como la explosión virulenta de un volcán, pero no brotaba lava no, sino lágrimas teñidas de incredulidad, sorpresa, estupor y tristeza. En este momento en el que estoy escribiendo puedo sentir lo mismo con menos intensidad, a la vez que con el ojo de mi mente recuerdo a la perfección y en detalle la escena.
Mi madre iba vestida con un jersey a rayas que usaba con frecuencia. En la boca y por sus mejillas presentaba los restos de una sustancia verdosa, que debió de ser líquida y que quedaba reseca. “Ha muerto de parada cardio-respiratoria” pensé, efecto del cóctel mortal. Sus ojos estaban cerrados, su rostro sereno. “Habrá muerto adormecida o totalmente dormida”, pensé.
Será que el enemigo que nos aguarda desde el nacimiento y que se nos presenta en nuestra muerte se la llevo con suavidad, su golpe debió de ser dulcemente certero. Estoy seguro de que mi madre murió en las antípodas de lo que había sido la mayor parte de su vida, una vida llena de sufrimiento, incomprensión e impotencia. Como prácticamente 4000 personas al año en España (Según el INE) y más de 800.000 en todo el mundo (Según la OMS), mi madre llamo a la muerte y Ésta le respondió.

Mi más profundo apoyo a las personas que quedamos. Reconocer lo que sucedió es un camino. No el único ni seguramente el mejor. Mis certezas absolutas se las ha llevado la muerte, hoy solo me queda VIVIR.

El funeral.

Mi recuerdo del funeral se asemeja a un día soleado lleno de nubes en movimiento. A momentos el día soleado facilita ver con claridad todos los colores y sus matices. En otros momentos, las nubes encapotando el cielo tiñen uniformemente las formas de color gris. El Sol de la consciencia me permitió ver con claridad muchos sucesos que acontecieron, mientras que los oscuros nubarrones nublaron muchas de mis futuras esperanzas.
Este momento concreto de mi vida el cual ocupó apenas 4 horas, ha dejado una imprenta profunda en mi existencia, resultando ser el inicio del descenso al infierno del sufrimiento y el dolor. Tras la ceremonia, las vidas de muchas de las personas que me acompañaron en la misa, tanto familiares como amigos, volvieron a la normalidad, por lo menos eso es lo que yo creo. Asistieron, me apoyaron, cumplieron con su obligación moral y nunca más las vi acercarse a mi, ni las escuché preguntarme ni interesarse por mi. Como bien me advirtió mi gran amigo Leo; “tras la ceremonia estarás solo”. Pocas personas estuvieron y están presentes, sin la necesidad de que yo tuviera que dar el primer paso para obtener su apoyo y cuidado tan necesario para mi. A ellas les estoy enormemente agradecido.
Entre los momentos nítidos alumbrados por los rayos de Sol de aquella mañana del lunes 11 de diciembre del 2010, vi por última vez el cuerpo de mi madre. Estaba dentro del féretro de madera de pino. La recuerdo guapa y relajada. Sentía que la muerte le sentaba bien, que irónico. Su rostro no presentaba ninguna de sus características arrugas de expresión. Me generaba sorpresa y alivio no contemplar los dos profundos y marcados surcos entre sus cejas, los cuales reflejaban su doliente expresión, -ha dejado de sufrir- me dije, soltando una larga y sostenida bocanada de aire por la boca.
Justo antes de la hora de inicio de la ceremonia, solamente mi hermana y yo aguardábamos en la salita del tanatorio el momento en que los operarios de la instalación retiraran su cuerpo y lo llevaran a la planta superior para oficiar la ceremonia. Recuerdo que uno de los operarios que entró al espacio a indicaros que se iniciaba la despedida, nos ofreció abrir el escaparate de cristal que contenía el féretro de mi Madre. Tras aceptar, primero mi hermana y después yo tocamos su cadáver. Que impresión tan extraña y claramente presente, su cuerpo estaba frío, muy frío y su piel se conservaba fina. La vida humana es cálida y al irse aquello que diferencia lo animado de lo inerte, se acababa la calidez. Me resulta muy difícil poderlo describir con palabras. De este momento son las últimas imágenes que guardo en mi memoria de mi madre, después sus cenizas resultaron ser lo más cerca que podía estar de su cuerpo.
Antes del inicio de la ceremonia en el tanatorio de Vilanova del Camí, para mi sorpresa, no espera que hubieran tantas personas, de hecho no esperaba nada ya que mi estado me impedía tener esperanzas, y es que practicamente todo el tanatorio estaba lleno entre familiares, amigos y vecinos. Muchos de mis familiares, para empezar, toda la familia por parte de mi padre estaba presente aunque entre mi madre y la rama Nogués no hubiera ningún trato. Respecto a mi familia por parte de madre mis tíos y primos cercanos, junto aquellos que quedan lejanos en trato y no en sangre.
Todos mis amigos estaban presentes, los de antes, los de aquel momento y algunas personas con las que posteriormente fraguaríamos una buena amistad. Hasta puedo recordar claramente donde estaban situados algunos y la explosión de amor que sentí en mi pecho al verlos, un amor extraño y teñido por el dolor de mi pérdida. Parece extraño pero me sentía muy sereno y fuerte, atento a las miradas de los asistentes, atento y agradecido a las muestras de apoyo y afecto que cada una de las personas presentes me ofrecía, unas con tiernos y esperanzadores abrazos y otras con su valiosa presencia. Aunque me sentía brutalmente roto, también me sentía sereno. Aunque el dolor me sobrepasaba, también era consciente de mi papel en la ceremonia, el de anfitrión. Todas y cada una de las personas que asistieron fueron imprescindibles y me ayudaron a poder despedirme con serenidad y dignidad.
También hubieron ausencias significativas para mi, sobre todo la de una antigua expareja. Esperaba verla, necesitaba que estuviera entre familiares y amigos, y no fue así.
Recuerdo incluso algún momento cómico, como la llegada de mis amigos Leo y Javier, dos hombres grandes y fuertes, en un pequeño coche de dos plazas. Tras aparcar enfrente del Tanatorio, a la vista de todos, bajaron del pequeño vehículo vestidos con ropa de gala. Realmente fue muy gracioso y llamativa la escena, me hicieron sonreír.
Posteriormente se inició una desafortunada ceremonia cristiana hiriendo mi sensibilidad. Mi hermana y yo no escogimos. Sinceramente no recuerdo si desde la empresa funeraria nos ofrecieron la oportunidad de escoger bajo que marco religioso se oficiaba el rito de paso, pero no me suena en absoluto haber tenido la oportunidad de hacerlo. En todo caso, el infortunio tiñó las palabras del sacerdote. A día de hoy puedo entender que éste desarrollaba a la perfección su papel, su rol de capellán cristiano. Junto con las frases típicas que pueden escucharse en cualquier entierro, este señor añadía frases de su propia cosecha con cierto tono jocoso, lo cual, a momentos me parecía un desagradable sueño. Muchas de las palabras que formuló se convirtieron en puñales que atravesaron mi ya destrozado corazón. La elevada aflicción a causa de la muerte de mi madre por suicidio no me permitía poder recordar los momento felices vividos con ella. La vida que nos había dado y su trágico final dejaban un campo desolado e inerte, en el que no cabía el mensaje cristiano esperanzador. El hijo de Jesús no me acompañaba, Dios no estaba a mi lado. Si esa era la voluntad de Dios me había jodido la vida. No podía sentir el amor redentor, estaba destrozado por el dolor, todo a mi alrededor parecía un bosque en llamas, ausente de vida, cuyo humo negro tapaba por completo la belleza del cielo azul y la luz del sol.
Las palabras del cura no presentaban la delicadeza que necesitaba oir. Había un abismo chistoso entre su oficio cristiano, recibido y dado por la gracia de Dios, y mi cruda realidad mundana. Estoy seguro de que ni sabía que mi madre se había quitado la vida por lo que le resultaba imposible empatizar con nuestro sufrimiento. Su posición en o alto de las escaleras indicaba con claridad una gran brecha, y es que si mi madre murió de la forma en que lo hizo y esa fue la voluntad de Dios, como bien dice la Iglesia cuando alguien muere, sea de la forma que sea, suicidarse no va en contra de lo que dice la Biblia ni de los dictamines cristianos. Quizás, entonces quizás y desde esta premisa que acabo de formular, comprender y abordar que hayan personas a las que la vida se les hace muy difícil o imposible de vivir no sería un tabú ni un hecho ilegítimo, pero este es un tema que quiero tratar en otra entrada y relacionarlo con la eutanasia, así como el derecho a una vida digna.
Tras la ceremonia no hubo entierro, fue la voluntad de mi madre que la incinerásemos y tirásemos sus cenizas al mar. La Dispersión de los espectadores de unos de momentos mas duros de mi vida debió de ser tan apresurada que a penas me di cuenta ni recuerdo sus despedidas. Como la arena que se precipita de un bulbo a otro en un reloj de arena, las personas que estaban ya no estaban. De las más de 100 personas presentes en la ceremonia pocas quedaron. Certeramente entonces empezó mi deambular por la noche oscura del Alma. Agradecerle especialmente a mi hermano de vida Moi, el cual estuvo hasta el final, y tras este, me acompañó andando hasta mi casa.
P.D. Te agradezco de todo corazón el haber venido a la ceremonia de despedida, contigo fue más fácil poder llevar tal duro momento. Te agradezco que hayas estado presente en mi vida después de la misma, sin tener que ser yo el que hiciera por ello, la verdad es que no podía. Te agradezco que tras la ceremonia no me hayas preguntado jamás cómo estaba, puedo entender tus dificultades para ello e irremediablemente ha significado una ruptura, hasta día de hoy, de nuestra relación. Me has ayudado a saber que tipo de relaciones necesito en mi vida. Ahora me siento en paz con lo que fue y con lo que es.

Crónicas de un suicidio anunciado.

 En la distancia que existe entre la ideación suicida y su consumación existe una amplia gama de grises, tantos como las tonalidades de las nubes que se forman en el cielo.
Es lógico pensar que existe un orden en el camino de la vida hasta el suicidio, por lo que puestos a hacer supuestos, aparecerán primero los pensamientos de quitarse la vida, y por último el impulso que se hace acción, y se consuma en la acción de quitarse la vida. Que fácil sería entonces aplicar medidas de prevención, y aunque es constatable que los planes de prevención del suicidio obtienen resultados positivos, vamos que menos personas se quitan la vida, el fenómeno de atentar contra la propia vida pone en jaque muchos valores humanos y abre grandes interrogantes, tales cómo ¿hasta que punto vivir?, ¿En qué condiciones? y abre el gran debate de la Eutanasia.
De lo que quiero “hablar” es de mi vida y como he vivido muchos años con el temor de que uno de los seres que más quiero se suicidara. Su final no es un misterio develado sinó el final del un camino.
Desde edad temprana viví con el riesgo de un suicidio en el seno de mi familia. Recuerdo la primera tentativa muy vívida. Contaba con apenas 8 años, llegaba del colegio aproximadamente a las 12 del medio día y mi madre estaba allí, tumbada en la cama. Su dormitorio estaba oscuro. No recuerdo la época del año pero estaba tapada con ropa de invierno. A su alrededor cajas de pastillas, ansiolíticos y antidepresivos. Los blíster vacíos se unían a una botella de alcohol desprecintada y un vaso de agua medio vacío.
Era la primera vez que me enfrentaba a esa realidad. Recuerdo que con frialdad cogí el teléfono y llamé a una prima mucho mayor que yo, que se personó en nuestra casa en apenas 10 minutos, la cual llamó, citándose en nuestro hogar la ambulancia y el doctor. El resultado de todo la vida, y unos cuantos meses ingresada en un hospital psiquiátrico.
No me recuerdo contento por la vida de mi madre, la cual reaccionaba como sonámbula a las actuaciones del equipo médico, mas bien herido, distante y con un gran sentimiento de vergüenza. Todo el barrio asistió al espectáculo. Los vecinos tras las puertas, las señoras, mujeres, hombre y niños asomados en las ventanas llamados por el estrepitoso e inconfundible sonido de la ambulancia. Recuerdo bien aquella primera vez, ya lo creo. Recuerdo sentirme extraño, en un mundo intermedio entre el de los niños, al que pertenecía, y el de los mayores.Quizás en ese momento me hice responsable de golpe.
Tras el primer intento de suicidio de mi madre, el cual a día de hoy, no me atrevo a categorizar si fue un intento decidido o más bien una acción con no se qué propósito, vinieron muchos día de ausencia. Su ingreso en un frenopático hizo que familiares se ocuparan de nosotros mientras mi padre estaba trabajando. Recuerdo jugar con mis primos, distraerme y sentirme de mal, así como en un mundo desconocido, extraño y desagradable. Hoy puedo ponerle palabras a esas desagradables sensaciones.
Este fue mi primer encuentro con una tentativa de suicidio y sus consecuencias, el primero de muchos. La mayoría de los que posteriormente vinieron resultaron puras llamadas de socorro, ensayos desesperados para recibir cuidado, para obtener amor, para recibir la atención. Esto es lo que puedo decir aquí y ahora.
Recuerdo otra tentativa de suicidio por parte de mi madre. Esta vez fue la casualidad la que hizo que llegara a casa antes de lo previsto. Tenía 16 años en aquel entonces, era verano de un caluroso mes de Julio. Al llegar a casa me dirigí al baño y en la bañera estaba mi madre. Como las anteriores veces, su forma de intentar quitarse la vida fue la mezcla de barbitúricos con alcohol. Estaba fría, respiraba con debilidad, llamé al servido médico de urgencias y se personaron en poco tiempo.
El cuerpo frío de mi madre describía a la perfección mi estado de ánimo. Recuerdo no asustarme, no, enfadarme, no entristecerme, sino llamar y permanecer a su lado hasta que llegaran los médicos.
Esta vez si que estuvo a punto de morir. La encontraron en parada cardio-respiratoria, vi como la reanimaron.
¡Ay!, cuanto dolor siento recordando. Cada intento era una herida en mi alma que podía soportar insensibilizándome. Cada intento agrandaba la rabia hacia mi madre y el distanciamiento emocional hacia ella. Cada tentativa perforaba mi corazón.
Por paradójico que resulte, la percepción de riesgo de que mi madre se suicidara fue apagándose. Lo había vivido tantas veces que, hasta incluso en ocasiones resultaba anecdótico. Había tapado todo el dolor y sufrimiento con mucha rabia y enfado. Esto no era inocuo, pagaba un enorme coste, había perdido la capacidad de sentir el amor, de estar alegre y sentir felicidad. Vivía sin sentido, sin arraigo, sin foco, anestesiado. Si este fue el precio de aprender a vivir con la amenaza de un suicidio. hoy se que lo hice como pude.
Hasta la muerte de mi madre por suicidio, contamos 10 tentativas previas, la gran mayoría expresiones de su angustiosa vida. Con estas palabras no la juzgo ni la glorifico, la entiendo profundamente. Sentir el dolor de su muerte me ha acercado a su padecer.
Plasmar este relato de mi vida me desgarra de nuevo. Resulta muy duro reconocer y aceptar mi fracaso como hijo, resulta muy crudo aceptar que todo lo que hice fue pura supervivencia emocional, resulta muy duro, doloroso y costoso y no conozco otra forma de sanarme que abrirme a sentir y aceptar, con la condición incluyente del amor, todos y cada unos de mis sentimiento y pensamientos.
Para finalizar este escrito quiero hacer referencia al Dr. Sergio A. Pérez Barrero Presidente de la Sección de Suicidiología de la Sociedad Cubana de Psiquiatría, y fundador de la Sección de Suicidiología de la Asociación Mundial de Psiquiatría.
Éste ha elaborado un decálogo de falsos mitos sobre el suicidio. Uno de ellos es “Todo el que intenta el suicidio estará en ese peligro toda la vida.
Lo justifica argumentando criterios científicos. Entre el 1% y el 2% de los que intentan el suicidio lo logra durante el primer año después del intento y entre el 10% al 20% lo consumará en el resto de sus vidas. Una crisis suicida dura horas, días, raramente semanas, por lo que es importante reconocerla para su prevención.
También explica que este falso mito sobre el suicidio intenta justificar la sobreprotección hacia el individuo en algunos casos y el estigma o rechazo por temor a que se repita.
Parece que mi experiencia vital no encaja con los datos que argumenta el Dr. Sergio A. Pérez Barreto, y mi madre no estaría dentro de tales porcentajes. No, no estoy hablando del suicidio de forma estricta y literal, presentado con datos estadísticos, el cual es necesario observar con distancia para no ser abducido. Estoy hablando del drama humano. Hablo de la vida de mi madre, de la mía, de la de mi familia y de nuestras vivencias, como drama particular. Considero que esto es lo que hay que abordar, el drama humano y las circunstancias particulares y ambientales en las que se germina el acto de quitare la vida, tratándolo con un profundo amor y compasión.
Dicen que cada regla cuenta con una excepción que la confirma. Otra vez la dialéctica que reduce la existencia humana únicamente a uno de los dos mundos, el de la regla y el de la excepción. ida humana es terriblemente compleja como para poder reducirla a tan mínima expresión, hablemos de personas, por favor hablemos de todas y cada una de las excepciones y de todos y cada de los casos que confirman los datos que nos presenta el Dr. Sergio A. Pérez Barreto, por favor hablemos con amor y compasión.

Suicidas. Valientes o cobardes, eterno dilema

Más que mostrar una de mis experiencias, quiero compartir la inestimable entrevista hecha a Ramón Andrés. De nuevo la disyuntiva aparentemente irreconciliable entre el miedo y el valor. ¿Qué importa?. El suicidio nos devela dilemas existenciales camuflados en la rutina y la falsa apariencia de imperturbabilidad. Lo único cierto que sé es que un suicidio esconde un dolor insoportable para vivir.

Suicidio por Ramón de Andrés

Un rompecabezas con piezas para montar.

¿Cómo debieron ser las últimas horas de vida de mi madre?
¿Qué hizo?. ¿Cuáles fueron sus últimos pensamientos?. ¿Sufrío?. ¿Qué sintió?, ¿Pensó en mi antes de morir?. ¿Quiso no morir en el último instante lúcido de su vida?. ¿Se fue en paz?. ¿Planeó su muerte o lo hizo de forma impulsiva?.
Son algunas de las preguntas que forman el puzzle desparramado que ocupa mis pensamientos, embota mi mente, agita mis emociones y debilita mi cuerpo.
Son preguntas con vida y autonomía, dinámicas que aparecen en mi mente como los cumulonimbus que ocupan el horizonte y que acaban tiñendo de gris tormenta la totalidad del cielo.
Son preguntas del examen más importante de mi vida para las que no tengo respuestas. Tu te fuiste tomando la barca de Caronte, llevándote en la urna la capacidad de ser respondidas.
Estas piezas del rompecabezas no pueden unirse, parece como si estuviera diseñado para su imposible ensamblaje y es que Mama, contigo también murieron los cómo, los qué y los por qué, y en las cenizas en que se ha convertido tu cuerpo anidan las palabras que necesito oír.
Sabes mama, trato de encontrar respuestas. Sabes Mama, trato de encontrar explicaciones coherentes a este sin sentido. Sabes Mama, Anhelo saber, deseo saber, necesito entender y comprender, aunque soy consciente que la herida que atraviesa mi pecho va a cerrarse con el hilo de aquello que jamás podé saber.
Sabes Mama que una amiga mía te vio por la calle el mismo día en que te suicidaste. Me explico que se paró a saludarte y que te estabas comiendo un cornete de nata. Le explicaste que acababas de salir de la peluquería y que ibas a casa. A partir de aquí, una forma le puedo dar al puzzle, solo una, y con ello construir una historia y cubrir mi necesidad de saber como fueron las últimas horas de tu vida. Quiero creer que te pusiste guapa para ir a buscar a la muerte, mirarla a los ojos y entregarte a ella con dignidad, acabando con el terrible sufrimiento humano que durante mas de veinte años padeciste.
Sabes Mama, quiero pensar que tu suicidio fue un acto de valentía, dejando de aferrarte a la vida, una vida llena de dolor, de malestar, de sufrimiento y de incapacidad, pero esto es solo mi construcción de una historia, la cual solo tu puedes narrar.
Sabes Mama, quiero pensar y siento que se te acabó la fuerza para poder seguir viviendo y que ni tus profundo sentimientos de amor hacia mi hermana y hacia mi, tenían la suficiente tracción, con lo que acabo triunfando Thanatos.
Sabes Mama, no entiendo como en tu momento de mayor lucidez pusieras punto y final a tu vida. Con tu muerte yo también perdí la partida.
Por suerte para mi salud física y psicológica, otras preguntas, que tras tu suicidio me haría, están resueltas, liberándome con ello del gran peso de la culpa y de la absoluta oscuridad que el no saber provocan.
En este momento de mi vida, tras muchas lágrimas y llantos, te estoy enormemente agradecido. Fue como tu último gran acto de amor hacia mi, recibir tus bendiciones y tu liberación en forma de respuestas, y es haber llegado a saber, a través de tus palabras, aunque rotas y frágiles, llenas de consciencia y luz, el por qué y para qué lo hiciste, es junto con la vida que me diste uno de tus más preciados regalos.
A las preguntas, ¿Cómo lo hiciste? y ¿si moriste en paz?, hacer el reconocimiento de tu cadáver me ofreció las respuestas. Aun recuerdo las palabras del Mosso d’Escuadra (policía Catalana) antes de atravesar la puerta de la habitación en la que tu cadáver estaba; ¿Seguro que quieres hacerlo?, este será el último recuero de tu madre. La recordarás así toda la vida.
Que razón tenia el agente, no lo dudé. Quería ver con mis propios ojos su cuerpo inerte. Puedo recordar a la perfección el cadáver de mi madre reclinado en su cama, boca arriba con claros signos de ahogamiento. La piel amarillenta, los ojos cerrados, sus brazos cruzados sobre su cuerpo y su rostro sin una arruga.
Definitivamente, me dije, ha dejado de sufrir. Se me hacía extraño contemplar la cara de mi madre sin ningún surco, imaginando su muerte como el que va a dormir y se despierta en el otro mundo. Ha muerto en paz, pero por desgracia, creerlo y sentirlo así no serían remedio contra el dolor, en tal caso fueron muletas para vivirlo con dignidad.
Desgraciadamente ese día el puzzle de mi vida se rompió, tiñéndose sus piezas de gris. La existencia me puso a jugar, si o si, al juego de recomponerlo, sin saber que muchas piezas nunca encajarán, y de que hay otras que necesitarán unirse sin necesidad de su comprensión.

Poema

reflexiones-despues-de-un-suicidio-Rumi-la-cicatriz-es-el-lugar-por-donde-entra-la-luz
Un sabio me dijo una vez;
La pedrada es del tamaño del sapo.
No lo se!
La pedrada de la vida
al sapo que nada en desidia.
Esta vez el sapo yo soy,
Más que en desidia nadando,
hecho añicos, tras la pedrada
a un oscuro vidrio.
Ya no se si hombre o sapo.
Nada se. No se nada y me pregunto,
postrado en negro mármol.
Agua derramada, iceberg en llamas.
Vasos y platos vacíos
Hogares amargamente despoblados.
Lágrimas de granizo en mi alma.
Me duele el corazón y pecho
tras espinosa pedrada.
Mi madre se ha ido
Hoy martes no está conmigo.

Sin gravedad para girar.

 

 Hace unos meses me propusieron participar en un programa televisivo llamado Respira, cuya emisión se lleva a cabo en la televisión Barcelonesa BTV, en la que me entrevistaron como consecuencia de ser miembro de una asociación de apoyo al duelo por suicidio, de la que ya no participo. Resulto ser una nueva experiencia en mi vida, otra más y es que en mi vida prima la primera vez en muchas cosas. Hecha esta pequeña aclaración, a la vez que recuerdo los entresijos vividos en una intensa tarde de rodaje, voy a detenerme a mencionar la definición de la fuerza de gravedad, y no es que me esté desviando del tema, sino que en la entrevista usé una metáfora descriptiva de mi situación personal, que creo puede ser extensible a mi hermana, a mi padre y todas y cada una de las personas que han perdido algo significativo en sus vidas.
Para ello propongo hacer el ejercicio de imaginar el sistema Solar, cuyo centro y eje es el Sol. Alrededor de éste, 8 planetas mayores, entre los que se encuentra la Tierra, giran en órbita elíptica gravitatoria. Antes de seguir , creo que es preciso aclarar el concepto de fuerza de gravedad, la cual se entiende como la fuerza de atracción que un cuerpo celeste ejerce sobre otros cuerpos que están cerca o sobre él.
Ahora bien, cómo casar la metáfora astronómica citada con la experiencia del suicidio de mi madre.
La respuesta la encontré haciendo otro ejercicio de imaginación, el cual me llevó a convertirme en el planeta Tierra del sistema Solar y a identificar a mi madre con el Sol. Pues bien, que pasaría si al planeta tierra, así como al resto de planetas que forman el sistema solar, de forma abrupta y precipitada se ven privados del Sol. La consecuencia más inmediata en mi imaginario es visualizar a los planetas inmersos en el caos, desplazándose por el espacio sin rumbo, sin sentido, sin dirección, ya que la fuerza gravitatoria por la que se ven condicionados en su movimiento de traslación ya no existe.
Tras lo explicado no se si es preciso hacer más aclaraciones. Creo que tal metáfora es clarificadora. En tal caso, el Sol más bien contaba con tonalidades rojizas, anaranjadas y negras, más bien era un sol de ocaso, un Sol que no desembocaría en una supernova con la segura extinción de los planetas próximos a éste, sino más bien es un Sol oscuro, irradiante de pulsiones regresivas, fruto del recuerdo de un tiempo pasado mejor.
Y que decir del planeta Tierra del sistema Solar privado del planeta que dotaba de dirección y rumbo en su trayectoria vital, que aunque viéndose liberado de la obligatoriedad de seguir una orbita concreta y un movimiento determinado, ya no dispone del motor ni de la dirección, la ha perdido y nunca más la podrá recobrar.
El agujero negro en el que se ha convertido el Sol tras su extinción ha absorbido la fuerza impulsora de la Tierra y su movimiento se ha detenido como cuando un objeto se precipita de lo alto y se estampa contra el suelo.
Así es como parte del sentido de mi existencia, conocido hasta el momento del suicidio de mi madre, también se extinguió y no se a donde ir, ni que hacer. La luz del Sol se apagó y la noche oscura devino, y sin luz no puedo ver y sin luz, mis ojos solo me sirven para poder llorar.
Os enlazo el programa que cito al principio de mi reflexión.
Programa; Respira de BTV.Després del suïcidi.

Un día cualquiera de Julio del 2010

Es un día cualquiera del mes de Julio del año 2010 y hace apenas unos meses que mi madre decidió quitarse la vida. Utilizo el verbo decidir de forma consciente. Muchos autores y profesionales afirman que las personas que se suicidan no lo hace de forma libre, sino que están terriblemente condicionados, en muchos casos por una enfermedad mental, o/y debido a un terrible dolor y hastío vital que les hace vivir en un desierto árido y vacío de satisfacciones y gratificaciones. Pero este asunto no corresponde a las ideas y sobre todo a los sentimientos que quiero expresar.
Antes de adentrarme más en profundidad en el contenido de este escrito, explicar que hace poco más de un mes que me he mudado a vivir a Barcelona. Es posible que os preguntéis qué tiene este hecho de interés. Sabéis, desde hace mucho tiempo que he querido vivir en esta ciudad, no se, quizás por que me atrae el bullicio de la gente variopinta, muchas de ellas personas de transito, turistas, estudiantes, buscavidas, perdidos, etc. Quizás porque en la capital catalana me es más fácil encontrarme con personas afines, las cuales me generan la confianza necesaria para poder abrirme a explicar mis vivencias, así como compartir ideologías y mis sentimientos. Tal vez mis motivaciones son el sentirme camuflado en la gran masa que da vida humana a la ciudad. Por tales causas, mi propio juez interno, representado por el ojo de Sauron que todo lo ve, siempre despierto y preparado para enjuiciar todo tipo de instintos, conocido en terminología psicoanalítica como Superyo, pierde fuerza. Así, de este forma y aprovechando la posibilidad de pasar totalmente desapercibido en la gran masa y para mi juez interior, me siento más relajado y libre. Pero este tema no corresponde a las ideas y sobre todo a los sentimientos que quiero expresar.
El hecho es que me siento muy solo y siento un gran vacío en mi interior. Es como un agujero negro situado en medio de mi pecho, un agujero el cual no atisbo ver su fondo, un agujero con gravedad propia que me atrapa y me arrastra. Es posible que este agujero negro ya estuviera conmigo desde hace muchos años atrás, si es así no lo recuerdo, ni para nada era consciente de ello, pero el desgarrador dolor provocado por el suicidio de mi madre lo ha hecho muy evidente, tanto que en ocasiones, me sorprendo a mi mismo mirandome el pecho en el espejo de mi casa y tocándome el esternón, comprobando si hay alguna falla o algo por el estilo.
Para mitigar el desazón emergente de este vacío interior que siento, hoy que es un día cualquiera, que bien pudiera ser lunes o viernes, la verdad es que no me importa ya que ni el hecho de estar recientemente mudado a la ciudad de mis anhelos, ni que el sol brille cálidamente, puede remediarlo, busco la compañía de mis pocos amigos que tengo en Barcelona. Claro, siempre podría volver a igualada y buscar el apoyo de mi familia y amigos, pero es que tampoco dispongo de ganas para coger el coche y conducir hasta la capital de la Anoia. Tomo mi teléfono y llamo a Anna, la cual no me responde. Pienso que debe estar trabajando, pero poco importa. Tras la llamada un vacío. Llamo a Sergio del cual recibo solo la señal de teléfono dando tono. Llamo a Verónica la cual está con no se quien, esperando que me diga que solo estará un rato y que hacia las 21 podríamos quedar, o mejor aun, que me acerque al lugar en el que se encuentra con sus amigos y así podamos vernos, pero no es el caso por lo que mis esperanzas se ven frustradas. Miro la agenda de mi teléfono, necesito, como el sembrado el agua de mayo, estar con alguien, hablar con alguien, solo escuchar una voz cálida y amigable al otro lado del teléfono y llamo a mi “hermano” Leo, pero tampoco me responde y me duele el pecho, llamo a mi otro “hermano” Moi, pero tampoco responde. Dónde están las personas que necesito. Desde luego que aquí y ahora, en mi soledad no están. Me siento enfermo de soledad enfermo por un vacío en mi pecho, esta es mi única compañía.
Cada intento de comunicación frustrado es la victoria del agujero negro que siento en el centro de mi pecho y no puedo soportar otra victoria más, por lo que decido salir a la calle a dar una vuelta, esperando encontrar miradas cómplices en personas desconocidas.
En el piso que comparto, en el corazón del barrio de gracias, tampoco hay nadie. Qué me estas diciendo vida, hoy no hay ningún refugio humano en el que cobijarme. No importa, soy resistente. Me esperanzo a encontrar, ya me importa poco el tipo de persona, solo quiero encontrar a alguien..
Cruzando las calles de Gracia y sin dirección, tras no se cuanto tiempo gastado ya que la neblina de mi interior enturbia mi consciencia del tiempo y del espacio vivido. Es como si el agujero negro hubiera absorbido un pedazo de mi día, el que va desde que salí de casa hasta ahora mismo. Y en esta calle, en este instante, miro a mi alrededor y me veo caminado por la calle Tallers. He andado bastante me digo, he bajado del barrio hasta el centro de la ciudad y no me he enterado. Es como si me acabara de despertar. Miro a mi alrededor, reconozco las tiendas, pero no me importa, lo que busco son cruces de miradas con personas desconocidas, fugaces chispazos producto de dos pares de ojos que se miran, pero nadie responde a mis peticiones visuales y como anteriormente, al no encontrar respuestas a mis llamadas de socorro, cada una de mis miradas huecas son un triunfo del negro agujero, que crece y crece manchando la vida de soledad.
Nunca antes había sentido tal cosa, tal devastadora sensación de soledad, aun andando entre la multitud de figuras humanas desconocidas, y es que me siento solo, estoy solo llevando un gran dolor y soportando el vacío que mi madre ha dejado con su suicidio. Hoy no tengo a nadie con el que compartirlo, la coyuntura de hoy así lo ha dispuesto y me reconozco a mi mismo como un muerto viviente, como un zombie que busca humanos para poder saciar su voraz hambre de afecto y poder tapar, con ello, el profundo vacío de mi pecho.